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31.3.13

Martha Graham: The Dancer Revealed




Modern dance owes more to Martha Graham than to any other single figure. As dancer, choreographer and teacher, she conceived and shaped the major dance form of the 20th century. Martha Graham died in 1991, at almost 97, having towered over American and world dance for seven decades. THE DANCER REVEALED is the definitive documentary on her life and work. Includes interviews with leading figures such as Agnes de Mille, Erick Hawkins, Ron Protas and many others.

3.10.12

Egon Schiele en el Museo Guggenheim Bilbao

La exposición Egon Schiele propone una completa aproximación al universo de este gran expresionista austriaco, principalmente a través de sus dibujos, gouaches y acuarelas. Las obras sobre papel que integran la muestra proceden de la Albertina de Viena, institución que atesora una de las colecciones de obra gráfica más amplias y significativas del mundo.

Cerca de un centenar de trabajos revelan la evolución estilística del artista: desde su producción temprana realizada durante su formación en la Akademie der bildenden Künste (Academia de Bellas Artes de Viena), pasando por las obras en las que la influencia de Gustav Klimt y el Modernismo vienés están más presentes, hasta sus innovadores trabajos caracterizados por su ruptura con el naturalismo, que se distinguen por el radical empleo del color y la inclusión de nuevos y desconcertantes motivos, como el desnudo erótico explícito.

Egon Schiele desarrolló un estilo muy personal dentro del tratamiento decorativo de las superficies y las fluidas líneas ornamentales que eran propias de la Secesión vienesa. El uso expresionista del lenguaje corporal, los gestos y la mímica responden a la influencia de la fotografía clínica que documentaba los síntomas de la “histeria” que manifestaban las pacientes del doctor Jean-Martin Charcot, del hospital de la Salpêtrière de París; también se inspiran en la fotografía erótica del estudio de Otto Schmidt. Schiele libera la representación erótica del desnudo femenino de las ataduras de la caricatura o de la finalidad pornográfica, eliminando el histórico antagonismo entre lo bello y lo feo y otorgando al desnudo femenino un nuevo y diferente protagonismo en el arte. También el cuerpo enfermo y la desintegración patológica de la personalidad se elevan en su obra a la categoría de arte.

A través de todos los temas presentes en su producción —paisajes, flores, representaciones de niños y niñas, desnudos, retratos y autorretratos—, la muestra Egon Schiele ofrece un amplio recorrido por la trayectoria creativa de esta relevante figura del arte de principios del siglo xx, que falleció de forma prematura a la edad de 28 años.

Guggenheim Bilbao
Egon Schiele
2 de octubre, 2012 — 6 de enero, 2013

Egon Schiele
Autorretrato con chaleco amarillo, 1914
Colores opacos y lápiz, sobre papel japonés
48,2 x 32 cm - Albertina, Viena, inv. 31157

30.1.10

Paul Cézanne: retrato del artista fracasado


Paul Cézanne (Cezanne) 1839 – 1906

MANUEL VICENT 30/01/2010 - El Pais.

Su padre le consideró siempre un pintamonas; Zola, su amigo de infancia, un descarriado. Ambroise Vollard fue el primero en percibir el genio del pintor, terco, huraño e indomable, que dio paso al cubismo de Picasso, al fauvismo de Matisse y al abstracto de Kandinski. A partir de ahí la pintura del siglo XX rompió todas las amarras.

Ambroise Vollard, vendedor de cuadros, el descubridor de Cézanne, era un tipo agnóstico. Un día le preguntaron: en caso de que le forzaran a elegir religión, cuál escogería. Vollard contestó que era muy friolero, de modo que no dudaría en hacerse primero judío porque en las sinagogas era obligatorio llevar puesto el sombrero; en segundo lugar protestante porque en sus templos solía haber calefacción y nunca católico porque en las iglesias católicas había muchas corrientes de aire. Este hombre tan escéptico y pragmático con la religión fue, no obstante, un visionario para el arte. Había nacido en la isla de la Reunión, donde, de niño, comenzó a coleccionar guijarros y pedazos de vajillas rotas, sobre todo fragmentos de porcelana azul. Su tía Noémie pintaba rosas de papel. El niño quiso saber por qué no pintaba las flores del jardín que eran más bonitas. "Pinto flores de papel porque no se marchitan nunca". Esta misma respuesta le dio Cézanne, muchos años después, en su galería de la Rue Lafitte.

Ambroise Vollard fue el primero en darse cuenta del genio de este pintor, que abrió la puerta a la vanguardia, cuando iba por París vestido como un mendigo, mal afeitado, con un chaleco rojo bajo una chaqueta raída y sus cuadros eran objeto de escarnio, rechazados en todos los Salones de pintura. El padre de Paul Cézanne, un sombrerero de Aix-en-Provence, conservador, con leontina de oro, de carácter tiránico, fundador de una banca de provincias, despreciaba el trabajo de su hijo como artista, aunque le tenía asignado un sueldo de subsistencia, ciento veinticuatro francos al mes, para evitarle tentaciones y tenerlo atado. Hasta el día de su muerte pensó que su hijo era un pintamonas. El escritor Émile Zola también consideraba que su viejo amigo Cézanne era un descarriado, sin habilidad para administrar su talento. Habían sido compañeros inseparables de juegos y de estudios en el colegio Bourbon de Aix. Cézanne tocaba la corneta de llaves y Zola el clarinete en una banda creada entre vástagos adolescentes de la burguesía; hacían excursiones por las laderas de Sainte-Victoire o del Pilón del Rey; se bañaban desnudos en el río Arc; recitaban versos de Victor Hugo y juntos viajaron a París soñando con la gloria.

Zola se hizo escritor y no tardó en alcanzar la fama. Mientras sus novelas comenzaron muy pronto a tener un éxito extraordinario, Cézanne sólo era un artista inhóspito que se había quedado atrás. No conseguía encontrar lo que buscaba. Apenas comenzaba a pintar, crispaba los puños ante el lienzo, lo desgarraba con la espátula y arrojaba los pinceles contra la pared. Por otra parte enrojecía hasta detrás de las orejas y huía del estudio cuando una modelo comenzaba a desnudarse. Las mujeres le trastornaban, pero acabó juntándose con una costurera bordadora, que a veces posaba para los pintores, Hortense Fiquet, con la que tuvo un hijo, una relación que ocultó a su padre por miedo a su tiranía. Cada día más terco, más indomable, más huraño, se negaba a aceptar las consignas del grupo de los impresionistas que se reunían en el café Guerbois en cuya puerta un día le dijo a Manet, que vestía como un dandy: "No le doy la mano porque no me la he lavado en ocho días".

Desde la cima de su éxito Zola contemplaba la ruina de su amigo con una compasión benevolente que acabó convirtiéndose en un desprecio sangrante. Su última novela, Nana, la aventura de una cortesana, vendió en el primer día de lanzamiento cincuenta mil ejemplares, mientras Cézanne tenía que aceptar unos pocos francos a cuenta o unos lienzos nuevos y tubos de colores a cambio de cuadros pintados en la tienda del famoso tío Tanguy, en Montmartre.

Zola vivía ya en una mansión fuera de París, con mayordomo y criados; recibía a las visitas sentado en un sillón Luis XV enfrente de una chimenea de mármol, rodeado de tapices, armaduras, estatuas, figuras de porcelanas en las vitrinas, marfiles, un jarrón con un chino pintado bajo una sombrilla, con un ángel de las alas desplegadas colgado del techo con una atadura invisible y cuadros oscuros, entre los que se mezclaban auténticos y falsos, alegóricos y pompiers, pintados con betún de Judea, al que los impresionistas llamaban zumo de iglesia. Tenía también algunos óleos de Cézanne guardados en un armario que no osaba enseñar a nadie. Cuando Ambroise Vollard llegó un día a casa de Zola con una carta de recomendación de Mirbeau, siguiendo el rastro de los cuadros de primera época de Cézanne, que había decidido reunir, el escritor le recibió llevando en brazos a su querido perrito Pinpin. Al preguntarle por los cuadros de su amigo de la infancia, el maestro golpeó con la mano un armario bretón.

-Los tengo encerrados ahí. Cuando recuerdo que les decía a nuestros antiguos compañeros que Paul tenía un genio de gran pintor, aún siento vergüenza.

Si les pusiera estos cuadros ante sus ojos... ¡Cézanne!... Aquella vida que llevábamos en Aix y en los primeros años de París. ¡Todos nuestros entusiasmos! Ah, ¿por qué no produjo mi amigo toda la obra que yo esperaba de él? Por más que le decía que poseía el genio de un gran pintor y que tuviera el valor de llegar a serlo, no escuchaba ningún consejo. Intentar que entrara en razón era como tratar de convencer a las torres de Notre-Dame para que bailen.

Zola poseía diez obras de Cézanne ocultas entre cacharros y una de ellas no se encontró bajo el polvo hasta 25 años después de la muerte del escritor, ocurrida en 1927. El desencuentro con su amigo se produjo cuando Cézanne se vio reflejado, bajo el nombre del protagonista Claude Lautier, en la novela de Zola L'Oeuvre, que trataba de un pintor fracasado, ejemplo de la impotencia artística y de la quiebra de un genio, en la que al final el héroe se suicida. Cézanne la consideró una traición.

Mientras tanto, Ambroise Vollard había comenzado a acaparar todos los cuadros de Cézanne que encontraba; había adquirido los del tío Tanguy que se subastaron en el hotel Drouot a su muerte; viajó a Aix-en-Provence donde ahora, ya viejo y rico heredado de banquero, pero todavía escarnecido, Cézanne seguía pintando sin encontrar lo que buscaba, y arrojaba los cuadros por la ventana sobre los árboles del jardín y así vio Vollard cerezos cuajados de bodegones con manzanas; el marchante compró también todos los cuadros que los vecinos tenían arrumbados en las carboneras y desvanes, que el pintor había regalado y que le ofrecían desde los balcones. En su galería de arte de la Rue Lafitte entró un día la coleccionista Gertrude Stein.

-¿Qué vale este Cézanne?

-Quinientos francos -contestó Vollard.

-¿Si compro tres?

-Mil quinientos.

-¿Y si le compro los diez que tiene?

-Entonces, cincuenta mil.

-¿Por qué?

-Porque entonces me quedo sin Cézanne.

Obsesionado por dar toda la profundidad y consistencia a la materia Cézanne había comenzado a estructurarla en planos cada vez más íntimos de luces entrecruzadas hasta descomponerla. Así dio paso al cubismo de Picasso, al fauvismo de Matisse y al abstracto de Kandinski. A partir de ahí la pintura del siglo XX rompió todas las amarras. Pero la gloria no le llegaría a Cézanne hasta la gran exposición que montó Vollard en su galería, la cual propició después la retrospectiva que se realizó en París, en 1904, en el Salón de Otoño, dos años antes de la muerte del pintor. Hoy a Zola se le recuerda sólo por un artículo, J'accuse, publicado en L'Aurore, sobre el caso Dreyfus, el 13 de enero de 1898. Mientras su amigo, el artista fracasado de su novela, es el pintor cuya cotización sigue siendo la más alta de la pintura moderna.

6.12.09

Shostakovich: La más noble tradición soviética


Russia 2000 - Stamp Dmitri Shostakovich - Марка, Россия, 2 рубля 50 копеек. Дмитрий Дмитриевич Шостакович.

Un crítico de The Guardian analiza con agudeza su legado.

Gerard McBurney. The Guardian.


Dmitri Shostakovich es una figura fascinante: vivió y compuso su música durante los años más interesantes del siglo XX. Nació en la San Petersburgo prerrevolucionaria, vivió los acontecimientos de 1917, y comenzó a componer seriamente a mediados de la década de 1920, cuando la vanguardia soviética estaba en su apogeo. Perteneció al mismo mundo que algunas de las figuras clave de la cultura de esa época, incluyendo a uno de los mayores directores teatrales de todos los tiempos, Vsevolod Meyerhold, y a un cineasta legendario: Sergei Einsenstein. Sus primeras obras habitan el mismo reino maravillosamente experimental que ellos. Su Primera Sinfonía, de 1925, le valió al joven compositor una fama inmediata tanto en Europa Occidental como en Estados Unidos.

Como muchos artistas de su época, su lenguaje musical se desenvolvía aceleradamente. A Shostakovich le afectó, por ejemplo, la urgencia de simplificación que se advierte en muchos compositores de los años 30. Hasta tal punto fue así que su composición épica, la Séptima Sinfonía (Leningrado) fue considerada lo suficientemente directa y comprensible como para ser elegida para formar parte de la propaganda de los Aliados durante la Segunda Guerra Mundial, hecho que le dio renombre internacional. Sobrevivió a Stalin y después, para decepción de sus amigos y regocijo de sus detractores, perdió credibilidad dentro y fuera de Rusia cuando aceptó los homenajes y lisonjas oficiales y se afilió al Partido Comunista en 1960.

En sus últimos años se debatió luchando contra la enfermedad y el aislamiento, lo que podría ser una de las razones de que sus últimas composiciones se caracterizaran por una poética desolación, que al principio desconcertó a su público pero que ahora sus admiradores encuentran ambigua y sugestiva. Y por último, este hijo de los comienzos del siglo XX vivió y compuso lo suficiente como para que en sus últimas obras, como la Sinfonía Nº 15, de 1971, o el 15º Cuarteto para cuerdas, de 1974, se advirtiera que su música empezaba a mirar hacia la incierta mezcla cultural de nuestra época: el llamado "posmodernismo".

Sin embargo, ese nuevo sesgo no habría de gustar a todos. Cualquier europeo occidental educado dentro del refinado consenso estético del período de la Guerra Fría, recordará que sus maestros y mentores subestimaban a Shostakovich y lo consideraban un compositor de poca monta: un kapellmeister, sucesor si se quiere de Hindemith y Prokofief, pero no tan bueno como ellos. Y desde luego, no debía ser considerado un compositor a la altura de los grandes dioses del modernismo: Schoenberg, Bartok y Stravinsky. Hace apenas seis años, Pierre Boulez declaró que el difundido interés por el compositor ruso estaba "influenciado por la dimensión autobiográfica de su música". Para él, ese entusiasmo era una moda y duraría poco, porque su obra no era más que una "tercera prensada de Mahler", una alusión al proceso para extraer el aceite de oliva menos sabroso y más barato.

Dmitri Shostakovich

A pesar de las condenas, la ola de entusiamo por su música, que empezó a correr hace unos 20 años entre público e intérpretes, parece seguir creciendo. Hay infinidad de sitios web, blogs, libros y eventos dedicados a este compositor, con aniversario o sin aniversario. Y también hay muchos intérpretes que tocan su obra. Además de los músicos de orquesta, están los numerosos jóvenes y brillantes solistas, espe cialmente los ex soviéticos, que agradecen que Shostakovich les haya brindado un material que les permitió desplegar su talento ante el mundo. De un modo más bien curioso, como me dijo hace pocos días la musicóloga de San Petersburgo Olga Manulkina, Shostakovich se ha convertido en el Chaikovsky del siglo XX.

En primer lugar, hay que tener en cuenta lo que Boulez llamó "la dimensión autobiográfica": muchos melómanos consumen música y la disfrutan debido a su personal identificación con lo que imaginan que son las confesiones de sus compositores favoritos. Pero es posible establecer una conexión más interesante entre estos dos compositores. En el corazón mismo de la música de Chaikovsky y de Shostakovich se percibe una técnica elevada y una gran fluidez, junto con una afición a mezclar contextos e ideas cultas con elementos corrientes y menores: trozos de operetas, melodías populares, marchas baratas y música de organilleros. Para algunos oyentes —entre los que me incluyo— esa ambigüedad es fascinante. Otros, en cambio, abominan de ella.

Hoy en día es probable que la reputación de Chaikovsky sea mejor que la de Shostakovich, principalmente porque el primero vivió mucho antes que el segundo. La repugnancia por la música de Chaikovsky de que hicieron gala los primeros comentaristas, por lo general acrecentada por su prejuicio contra la homosexualidad, ha empezado a desvanecerse. Poco a poco, a lo largo del siglo XX, hemos aprendido a ver su enorme, proteico, imprevisible talento como algo en sí mismo, con fallas, de ningún modo inmune a la crítica seria, sino consecuencia de lo que deberíamos tener el coraje de llamar "genialidad".

Lamentablemente, en el caso de Shostakovich la dura tarea de despejar las malezas de la crítica académica acaba de comenzar. Con Shostakovich tenemos algo que no es posible con Chaikovsky: una vasta red de tradiciones de interpretación físicamente vinculadas con el hombre mismo. Shostakovich murió hace 31 años. Todavía hay muchas personas (no solo rusas) que lo recuerdan bien; muchos tocaron bajo su orientación. El mismo fue un pianista vigoroso, y todavía viven algunos músicos, como Rostropovich, que hicieron música con él. Aún pertenecemos, aunque no por mucho tiempo más, al mundo que él conoció y al aire musical que respiró. Es esto lo que debemos apreciar de Shostakovich; y es esto también lo que da sentido a las próximas celebraciones de su música: nuestra cercanía con él en el tiempo.

Traducción: Ofelia Castillo

Dmitri Shostakovich

Dmitri Shostakovich (Novosty) in The New Shostakovich, Ian McDonald (Northeastern University Press, 1990).


"Music must break down silence" Dmitri Shostakovich