7.1.13

Iolanta, de Piotr I. Tchaikovsky


Piotr Ilich Tchaikovsky (1840 - 1893)

Iolanta, ópera lírica en un acto de Piotr I. Chai-kovsky, la última de las óperas que compuso, pocos meses antes de morir, fue estrenada con éxito en el Teatro Mariinsky de San Peterburgo en 1892, aunque el compositor no quedó completamente satisfecho de su música. A partir de la segunda mitad del siglo XX la obra volvió al repertorio en Rusia y con menos frecuencia en Inglaterra y Francia. El libreto, escrito por su hermano Modest Chaikovsky, se basa en la obra del escritor danés Henrik Hertz (1797-1870), Kong Renés Datter (La hija del rey Renato, 1853), que Chaikovsky conocía y admiraba. La acción transcurre en Provenza a mediados del siglo XV a lo largo de nueve escenas.

Resumen argumental
Acto único

En la Provenza medieval gobernada por el rey Renato, la ópera nos presenta la singular historia de la hija del monarca, Iolanta, ciega de nacimiento, a quien el padre ha aislado en un castillo apartado de la corte, rodeado de bellos jardines, para conseguir que no sea consciente de su desgracia. Los sirvientes –que cuidan de ella con gran afecto y benevolencia– tienen prohibida toda alusión a la luz o al color que la informarían de la existencia de un sentido, el de la vista, que ella tiene vedado. Joven de gran belleza, ahora ya pasada la adolescencia, al inicio de la obra muestra cierta inquietud que percibe detrás del mundo amable que la protege. Por otra parte, su padre ha traído a un prestigioso médico árabe, Ibn-Hakia, que dictamina que la curación solo es posible si Iolanta es consciente de su estado, petición a la que se niega firmemente el monarca para evitar el sufrimiento a su querida hija.

La llegada inesperada de dos nobles amigos, el duque Roberto de Borgoña – destinado a ser el esposo de Iolanta desde muy joven– y el caballero borgoñón conde Vaudémont, perdidos mientras cazaban, sorprende a la princesa sola, dormida y cambia radicalmente la situación. Vaudémont se enamora de inmediato de la princesa y comprende su situación al pedirle una rosa roja y ofrecerle ella dos veces una rosa blanca. Mientras el duque Roberto, que confiesa al amigo amar a otra mujer, Matilde, no ve clara la situación y se retira, Vaudémont, en un bello dúo con la princesa, decide explicarle la cruel verdad, y cuando ella le pregunta qué significado tienen sus palabras, este elogia con exaltación la luz, que nos permite disfrutar del prodigio de la Creación. Iolanta afirma, de forma sorprendente, que la presencia divina se encuentra también en sus criaturas, en la calidez, olores y sonidos de la naturaleza, aunque finalmente confiesa que desearía ser como él y poder ver la luz del Sol.

Pronto sirvientes y amigas descubren el encuentro entre ambos jóvenes, y se presentan el rey Renato –que sospecha inmediatamente que su hija conoce ya la verdad sobre su condición– y el médico árabe, afirmando que ahora sí puede intentar la curación. Al asegurar Iolanta que no puede desear con fuerza algo que no conoce, el rey actúa con astucia y hace ver que Vaudémont será condenado a muerte si ella no recupera la vista. Su amor hacia el noble la lleva a aceptar con agrado el tratamiento de Ibn-Hakia. Vaudémont pide al monarca la mano de su hija y cuando este le replica que está ya prometida al duque de Borgoña, aparece Roberto y suplica a René ser librado del compromiso, pues está enamorado de otra mujer. El rey le dispensa del juramento y concede su hija en matrimonio a Vaudémont. Aparece Iolanta, finalmente curada, que dirige una ferviente oración al Señor del Universo. Los enamorados se entregan a la alegría y al amor y se inicia el canto final de gracias al Creador que entonan todos los presentes.

Teresa Lloret para el Gran Teatre del Liceu