21.12.10

Henri Matisse y las Odaliscas



Conocemos a Matisse (1869-1954) sobre todo por el inicio de su carrera, con sus cuadros de colores estridentes de carácter fauvista (‘fiera’) y el final de ella (los gouaches recortados que han decorado hasta la casa de Gran Hermano), pero nos queda por descubrir esa etapa que fue convulsa para la historia (el difícil y tenso período de entreguerras) pero que, para el pintor, supuso un alejamiento del bullicio parisino para convertirse, junto a Pablo Picasso, en uno de los Maestros de la pintura de vanguardia. Dejó París y descubrió Niza, ciudad en la que vivió hasta 1954. La fantástica luz de la Costa Azul presente en esta ciudad, que le dedica un museo en la actualidad, hizo de su aislamiento creativo un lugar idóneo para su gran empresa: pintar y reflexionar sobre el arte, de manera menos impulsiva que Picasso, pero con grandes resultados. Antes de su huida hacia adelante, como hacen los grandes artistas, dijo: “Me gustaría vivir en una celda en la que pueda pintar sin preocupaciones ni molestias”. Matisse también tuvo un mundo interior complejo, pero eso no parece reflejarse en su arte. La mágica luminosidad de Niza quizá tuvo algo que ver: “Cuando comprendí que todas las mañanas volvería a ver esa luz, no podía creer en mi dicha”.

Niza, un oasis en un pasado y futuro belicista

Después de la Primera Guerra Mundial el arte vivió un “retorno al orden”. Atrás quedan el período de vanguardia, con el extremo de las experiencias nihilistas, antiburguesas y antibelicistas de Dada: con el famoso urinario de Duchamp “se había llegado demasiado lejos”, pensarían algunos. También muchos artistas habían muerto trágicamente en el frente y otros habían dejado sus experiencias artísticas revolucionarias por volver a realizar obras de un gusto más burgués y bienpensante. Matisse había sido muy criticado por los cuadros de su anterior etapa, pero nunca fue un pintor fauvista al uso. No aplicaba los colores chillones a discreción como otros artistas (para hacer daño a las pupilas de los espectadores más escandalizables), siempre frenaba sus impulsos trabajando desde su cabeza, buscando una distancia adecuada entre el instinto y la razón. Algo que se acentúa en la etapa recogida por la exposición del Thyssen, donde volvió a la pintura de caballete con unas condiciones óptimas de luz natural y clima. Allí, lejos de París, pudo hacer una reflexión serena del arte alejado de la vida, investigando a la vez en dibujo, pintura y escultura. Para el comisario de la muestra, Tomàs Llorens, “en la exposición se hace un emocionante diálogo entre las tres disciplinas”.

 1923, Nude On A Sofa. Matisse

Un harén pictórico de odaliscas

Matisse se sumergió en un gusto orientalista por las artes decorativas musulmanas y pintó, con el precedente de Ingres, imponentes odaliscas. El desnudo femenino fue una gran obsesión en su estudio, muchas veces camuflado en disfraces de telas marroquíes. Todo formaba parte de una búsqueda continua de experimentación. Buscando la calma para si mismo, el artista decía: “Pinto odaliscas para hacer desnudos, procurando que no sean artificiales”.

Los cuadros de esta época son de formas cálidas y generosas, de interiores tranquilos y luminosos. Se acercan a lo que se podría llamar “un concierto de colores en perfecta armonía”. La luz del Mediterráneo, su reposo y reflejo cristalino inunda hasta las escenas interiores. Porque Matisse afirmaba que tanto el interior y el exterior estaba unido en su sensación: “Para mí, la atmósfera del paisaje y la de mi habitación es la misma”. Por esto vemos el encanto de los cuadros que dejan ventanas abiertas: “El barco que pasa vive en el mismo espacio de los objetos familiares de mi estudio”, decía el pintor francés.
La obra de Matisse en esta época es un mundo de alusiones a objetos cotidianos y formas sugeridas y de infinitas variaciones de sus motivos: reinventa constantemente posturas en los modelos, elementos decorativos, composiciones de arabescos enrevesados, formas humanas rebosantes de sensualidad y calor. Aunque también pasaría momentos de incertidumbre, que se intuyen en la parte de la exposición titulada “Intimidad y ornamento”, con figuras ensimismadas con las ventanas, en esta ocasión, cerradas.

“Hacía en tres segundos el trazo justo”

Para cerrar la exposición se muestran una serie de dibujos (Temas y variaciones, 1942), preparatorios para una pintura de gran formato (recordando la famosa La danza de principios de siglo) que quedó inacabada. Aquí es donde se muestra su faceta de intelectual del arte y de investigador constante, donde con pocos trazos magistrales muestra lo que quiere. 'Para Matisse 70 años de esfuerzos venían a desembocar en la capacidad de poder hacer en tres segundos un trazo justo', afirma el comisario de la muestra. Matisse “jugaba” con todos los materiales. Al final de su vida, cuando la mano con que cogía el pincel ya no le obedecía empezó a cortar con tijeras sus arabescos en papel, como si estuviera inmerso en un juego con cuentas de colores. Para Matisse el arte era como un juego y él, anciano ya, se entretenía como un niño que juega con sus tijeras. www.museothyssen.org - 9 de junio al 20 de septiembre de 2009.

1922, Le genou levé Barnes Foundation Lincoln University. Matisse