6.12.09

Shostakovich: Symphony 7 In C, Op. 60, "Leningrad" - 1. Allegretto (Extract).


Su Sinfonía nº 7 en do mayor, opus 60, Leningrado (1942), compuesta durante el asedio a Leningrado en la II Guerra Mundial, obtuvo un gran éxito. En 1948 su música fue atacada de nuevo por razones políticas y tuvo que volver a prometer que reformaría su estilo. Parece que lo consiguió, ya que en 1956 recibió la Orden de Lenin, máximo galardón soviético y paso a convertirse en el principal compositor soviético de mediados del siglo XX. Recibió asimismo varios Premios Stalin y en 1966 fue el primer compositor que recibía la condecoración de héroe del trabajo socialista.

Shostakovich compuso un total de quince sinfonías, quince cuartetos para cuerdas así como música de cámara, seis conciertos, siete operas y música para cine.



«Una imagen de guerra»

Por JUSTO ROMERO. Fuente: www.elmundo.es

Así define Dmitry Shostakovich (1906-1975) su descarnada y descriptiva Séptima sinfonía, Leningrado, que concluye a finales de diciembre de 1941, en plena invasión de la Unión Soviética por las tropas de Adolf Hitler. Pocos días después, a principios de 1942, durante el terrible asedio de San Petersburgo por las tropas alemanas, Shostakovich detalla sus intenciones con esta obra: «He querido crear una obra que reflejara el heroísmo de nuestra gente, su lucha por la victoria sobre el invasor. Mientras trabajaba en la sinfonía pensaba en la grandeza de nuestro pueblo, en las más altas virtudes del hombre, en la naturaleza, en el humanismo y en la belleza. Dediqué mi Séptima sinfonía en Do mayor a nuestra lucha contra el fascismo, a nuestra victoria cercana, a mi ciudad natal de Leningrado».

La sinfonía es así una sinfonía de guerra, de actualísima denuncia de los horrores que ésta genera. Cuatro movimientos impresionantes, en los que se siente el terror y la desolación. Pero también el triunfo de la civilización, de los ideales y de las ideas sobre esa locura. Las disonancias y estridencias armónicas con las que Shostakovich describe el horror son verdaderas pinceladas goyescas.

El inmenso primer movimiento -cerca de media hora- es un crescendo en el que se presiente y siente el imparable avance del enemigo.La terrible máquina de guerra nazi desola la patria soviética.Se trata de una marcha mecánica desnuda de expresión, que se repite hasta 11 veces, cada una de ellas más atronadora y cercana, en un proceso de enriquecimiento sonoro al que se van sumando nuevos instrumentos de la orquesta, de un modo similar al empleado por Ravel en su Bolero. Cerca ya del final, un largo y bellísimo solo de fagot cercena la ferocidad del invasor y se convierte en un soliloquio en el que el infortunado pueblo ruso reflexiona en intimidad sobre su sino adverso.

Como contraste, Shostakovich renunció en el segundo movimiento a cualquier connotación de índole descriptiva. «Se trata», escribe el compositor, «de un intermedio lírico y bastante dulce».

El tercer movimiento es de carácter casi religioso. Se inicia con un coral cantado por los instrumentos de madera. Sin embargo, el ambiente calmo, casi elegiaco de este comienzo, queda pronto vulnerado por la irrupción de algunas visiones de guerra descritas en el primer tiempo. Los tintes dramáticos se tornan casi hímnicos en el cuarto y último movimiento, un Allegretto non troppo que se inicia levemente pero que en su desarrollo llega a convertirse en verdadera profecía de la victoria final.

Espectacular y vibrante, es cuestionada por ciertos ortodoxos que opinan que su celebridad no obedece a valores musicales, sino a las connotaciones ideológicas e incluso políticas de una obra que, en cualquier caso y pese a estas voces, sobrevuela con infinita amplitud cualquier circunstancia puntual.

La sinfonía llega a los lectores de EL MUNDO a través de una versión tocada por la Orquesta Nacional de Washington y dirigida por Mstislav Rostropovich (1927), quien es uno de los personajes vivos que más y mejor conoció al glorioso camarada y Artista del Pueblo de la URSS Dmitry Dmitrievich Shostakovich.

Rostropovich, que desertó de la URSS en 1974 y pasó por el trance de ser desposeído de su nacionalidad y convertirse de héroe nacional a casi un delincuente, recuerda a EL MUNDO cómo su amigo Shostakovich le recomendó que se dedicará a la composición: «Me animó muchas veces a componer, pero nunca me he arrepentido de no seguir su consejo. Pienso que es lo más sabio que jamás he hecho: no hacerle caso en este sentido».

El célebre violonchelista y director de orquesta tomó la titularidad de la Orquesta Sinfónica Nacional de Washington en 1977. Inmediatamente asumió el proyecto de grabar las 15 sinfonías de Shostakovich, ciclo que él despoja de connotaciones políticas. «Todo es falso», rechaza, «ese cacareado contenido político en las sinfonías de Shostakovich no existe. Las acotaciones que hacía en sus partituras eran porque no tenía otra salida, de alguna manera estaba obligado a incluirlas».