18.1.09

Juliette Greco


El ayer y el hoy de Juliette Greco, la musa del existencialismo francés.



Europa en 1950, cuando la ruina de la guerra era dolorosamente visible en una Italia donde los niños recogían colillas de cigarrillo para sobrevivir, donde en el invierno los museos estaban llenos porque solo allí había calefacción, donde un pueblo empobrecido viajaba en la tercera clase de los trenes con maletas amarradas con cuerdas. Para llegar por fin a un París, donde el espíritu francés convalecía gracias a la inteligencia de Sartre y Camus, popularizada por el existencialismo personificado, a su vez, por la cantante Juliette Greco en el café Le Tabou: melena negra, mirada desencantada, voz inolvidable, como cuando cantaba Odio los domingos

Juliette Gréco, icono de la canción francesa y eterna musa del Saint-Germain des Prés existencialista de posguerra, volvió a los escenarios con cuatro conciertos en el Teatro de Châtelet de París, del 13 al 17 de febrero de 2007, con los que celebró sus 80 años de edad. Su cuerpo altivo y delgado, bajo la luz de los proyectores, se insinuaba bajo la tela del largo vestido negro ceñido que lleva desde hace 60 años por los escenarios del mundo. Pero allí, Juliette Greco estaba en el centro del escenario del Teatro al lado de otra leyenda, el pianista Gerard Jouannest, quien compuso la música para cuarenta canciones de Jacques Brel. El teatro estaba repleto y la electricidad se sentía en el ambiente del lugar donde danzaron Nijinski y el ballet ruso en 1909. Como se presentaba la llamada musa de los existencialistas la gente acudió pensando que tal vez sería el último concierto del ícono. Se imaginaban que de entre bambalinas saldría una anciana encorvada y temblorosa y por el contrario apareció esbelta, con inconfundible energía y luego caminó erguida hacia el micrófono, toda vestida de negro, mientras el público aplaudía a la más grande leyenda viva de la canción francesa. A ese mundo llegó ella incitada por Jean Paul-Sartre, quien le ayudó a escoger las primeras letras de poetas y le consiguió una cita con el pianista Joseph Kosma para que le enseñara a cantar. Eran los tiempos de la posguerra y El Tabú y La Rosa Roja, entre otras tabernas del barrio latino, se habían convertido en lugares de fama mundial, pues allí los nuevos hedonistas paganos se reunían a delirar luego de la Segunda Guerra Mundial y el genocidio nazi, todavía frescos en su horror mortífero. Las revistas estadounidenses Life y Times, y otras publicaciones del mundo saludaban la aparición de esa generación existencialista francesa que se vestía de negro y hablaba de filosofía entre la humareda nicotínica de los bares. Boris Vian, Albert Camus, Simone de Beauvoir y Sartre, al lado de Raymond Queneau, Jean Cocteau, Marcel Marceau, Jacques Prevert, François Mauriac, y tantos otros, se daban cita allí donde circulaba el vino, la poesía y el amor. La filosofía, la poesía y la cultura en general habían conquistado los bares y aunque la explosión mediática falseaba la esencia del movimiento, Sartre aceptó que Juliette Greco fuera considerada por la prensa como la musa y emblema del existencialismo. Es una realización de Jorge Laraia. 14/02/2008.